“Hagan un avión, eso sí, que vuele” esas fueron las indicaciones del profesor para la clase, o al menos eso escuché, mientras distraída, estado en el que me hallo normalmente, repasaba aquellas fechas del libro de literatura francesa. Como siempre aterricé en la realidad poco tiempo después, mientras charlaba con mis amigas y me enteraba que lo que había quedado estipulado en la clase. Hacer un avión… ¡ah!, y que pueda volar. Al principio no lo tomé en serio… y luego, lo reconozco, pasé por alto dicha actividad. En realidad, fue casi encima de la fecha que me comprometí en hacerla. Así, por lo apuros y por algunas fallas de precisión, puesto que he de admitir que para las manualidades soy una completa bestia, opté por hacerlo en el material con el que me encuentro más familiarizada, y por ello decidí hacer mi avión de papel, para facilitarme un poco las cosas y para asegurarme que, aunque sea por breves instantes, permanecería en el aire.
Así, me propuse darle un toque, no digamos científico, pero si decidí tomarme las cosas con seriedad. De esta manera, busqué y busqué videos en youtube, puesto que necesito una explicación clara y prácticamente masticada, que explicaran paso a paso la elaboración del avión.
Finalmente, aunque reconozco que me no dediqué a esta actividad ni el tiempo, ni la mano de obra que merecía, resultó fructífera y enriquecedora al permitirme e incluso exigirme desarrollar en diferentes pasos algo que para mí parecía tan simple y corto de gracia. Y aunque mi descripción y experiencia no puede compararse al detenimiento y laboriosidad literaria que invirtió Julio Cortázar en sus maravillosas explicaciones que nos enseñaron cómo llorar, o cómo subir una escalera, pienso que he reconocido lo difícil que es hacer, la elaboración de un avión y lo que este exige por su misma naturaleza, poder volar.



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