Recuerdo, aunque no muy bien, ni con mucha certeza, algunas actividades con las que aprendí a leer, algunos ejercicios como las repeticiones o los juegos de palabras que permitían relacionar ciertas palabras con la pronunciación correspondiente. Así, pasé de ejercicios de “la m con la a suena ma” a identificar dichas construcciones con nuevos elementos como la “c con la a que suena ka” y de tal forma poder decir sin mucha dificultad, al ver en un escrito, la palabra “cama” y asociarla, además, con una imagen mental que representara una cama, lecho, litera, entre otras cosas.
Lo anterior, podría decirse que corresponde al procedimiento técnico o método que seguí en el colegio para adquirir esta habilidad.Todos esos ejercicios que integraban y reforzaban mi desarrollo tenían lugar en el colegio. Fue en ese lugar donde aprendí a leer. Antes de ser instruida y capacitada en dicha acción, mi interés y gusto por la lectura fue estimulado por las lecturas y narraciones que mi madre hacía antes de ir a dormir. En ese momento surgió mi curiosidad y mi deseo por saber qué era todo eso que decían los libros, los carteles, el periódico y otros medios que contenían aquellos dibujos que poco después supe, se denominaban letras. Pero, fue gracias a las lecturas de mi madre que pude desarrollar desde aquel entonces una simpatía por los libros. También, en casa contábamos con una pequeña biblioteca familiar que tenía grandes enciclopedias que contenían información histórica universal y una parte especial dedicada a los animales y a la naturaleza; las pocas lecturas que hice en lo concerniente a la historia me envolvieron, me encantaron, pero por problemas de espacio fue necesario desplazar estos “libros” a la parte superior de los armarios, hecho que hizo difícil, por no decir imposible, acceder a dicho material.
Por otra parte, en mi colegio, fue poco el estímulo que recibí y fueron escasas las oportunidades que tuve para encontrarme cara a cara con un libro. Los textos de los libros guías, aunque no guardo una imagen fiel de su contenido, no despertaron gran interés en mí. Sólo recuerdo algunas lecturas de cuentos, en su mayoría de los hermanos Grimm, de leyendas y mitos y en algunas ocasiones, aunque realmente fueron muy escasas, de poesía; en ese momento, puedo decir que sentí realmente gusto por leer. Además, hay que tener en cuenta que lo verdaderamente relevante para el colegio era que sus estudiantes pudieran pronunciar correcta y fluidamente cada una de las palabras que en los escritos se hallaban sin importar que el sentido del escrito no fuera plenamente comprendido.
El primer libro, libro como tal, que leí por gusto fue El principito , libro que elegí en uno de los pocos viajes que hicimos a la biblioteca escolar. El siguiente fue De la tierra a la luna, por elección de dicha institución. Lo anteriormente dicho corresponde a los primeros años de mi vida escolar: la escuela primaria.
Cuando ingresé a la escuela secundaria el cambio no hizo las cosas más interesantes. Recuerdo que en los primeros años de bachillerato teníamos libros guías que no contenían nada que realmente fuera significativo para mí, entonces caí en una época de recesión. Los pocos encuentros que tenía, los lograba en casa, con algunos libros que formaban parte de la biblioteca familiar. Algunos días visité en horas de descanso la biblioteca escolar para buscar libros, pero al ser una actividad poco frecuente, terminé contentándome con unos libros que encontré desde el primer día en que fui; eran unos ejemplares de "Escalofríos", que narraban historias de terror y que se convirtieron algunas veces en mi fuente de distracción
Finalmente, en mis últimos años y con todo el envolate que representaban las pruebas ICFES. Las exigencias por parte del sistema educativo consistían en comprender, interpretar y argumentar. De un momento para otro deberíamos convertirnos en sujetos poseedores de un gran saber literario que nos permitiría hacer frente a cualquier inconveniente que dichas pruebas pudieran ocasionar. De ahí en adelante no hubo tiempo de disfrutar la lectura; la mayoría de clases consistían en simulacros tipo ICFES, leíamos e inmediatamente teníamos que responder, elegir la respuesta que fuera más acorde a lo leído anteriormente, luego no había tiempo de caer en la contemplación, en el deleite que implica leer. Sin embargo, y pese a todo lo malo, recuerdo que desarrollamos en algunas ocasiones actividades de lectura en las que realmente se daba paso a la inmersión en el texto. Así, nos sumergimos en una obra de teatro La casa de Bernarda Alba del escritor español Federico García Lorca, en donde nos apropiamos de la historia, sus emociones, sus intenciones, su lenguaje para crearnos en ella y poder sentirla y vivirla. También recuerdo que estudiamos algunos movimientos literarios, hecho que dejó algunos nombres de autores en la superficie. Aunque reconozco que la lectura en ese lapso particular de mi vida no ocupaba la mayor parte de mi tiempo libre, aproveché algunos momentos para leer e indagar sobre algunos libros y escritores que habían sido mencionados en clase y lograron llamar mi atención.
Actualmente, puedo decir que si leo, lo hago por gusto, por que así lo deseo. Aunque en los primeros momentos de mi formación académica no encontré un significativo estímulo, puedo decir que por influencia familiar y por un deseo personal, esta habilidad trascendió en mi vida y despierta en mí la necesidad y el anhelo de ser usada. Hoy por hoy, intento compensar todo el tiempo que perdí. Para ello, reparto mis días de tal forma que pueda manejar mi vida personal y mi formación académica con mi interés literario. Aún espero reponer aquellos espacios de mi vida que por diversos motivos no llené con libros.

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